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¿La moral depende de la razón?

La posición de uno de los más grandes neurocientíficos de la actualidad acerca de uno de los debates más antiguos y más vigentes dentro de la Psicología...

 

La Fundación John Templeton viene organizando desde hace algún tiempo diversos debates acerca de cuestiones fundamentales de la sociedad. En la edición más reciente, diversos intelectuales y científicos exponen sus diversas posiciones acerca de la relación entre la conducta moral y el razonamiento: ¿acaso comportarse moralmente tiene alguna relación con la razón?

He aquí una glosa de la respuesta que da a esta cuestión el notable Michael Gazzaniga, autor de "El Cerebro Ético" ("The Ethical Brain").

Todo ser humano posee las mismas respuestas morales básicas, y todos tienden a emitir el mismo tipo de respuesta moral ante el mismo tipo de dilema.

La diferencia radica en las explicaciones a estas respuestas.

Es decir: la gente tiene patrones morales fijados en la mente, y sólo a posteriori se dedica a justificar sus tendencias biológicamente implantadas mediante razonamientos culturales y sociales.

Estos patrones son evolutivos; es decir, surgen de las respuestas evolutivas que han sido favorables a la especie humana durante milenios (o millones de años?).


Tradicionalmente, existen tres tipos de teoría acerca del origen de las respuestas morales.

1. El primer tipo de teoría es la que encarna la opinión de Gazzaniga: hay respuestas más o menos universales, derivadas de la evolución, que las personas explican apelando a contenidos culturales y sociales.

2. El segundo tipo de teoría es la social: nuestras respuestas morales derivan del aprendizaje de cuáles conductas son provechosas y recompensables, y cuáles son negativas y punibles. En este segundo escenario, lo fundamental para que una persona sea moral es el aprendizaje social.

3. El tercer tipo de teoría es la teoría clásica: las respuestas morales surgen de la razón y lógica humanas. Para responder a un dilema moral (es decir, para actuar correctamente desde el punto de vista moral), bastará con apelar a nuestro razonamiento humano. Todas las respuestas están potencialmente al alcance de cualquier ser humano que piense con la claridad, rigor y profundidad suficientes. (Esta es la escuela de pensamiento kantiano y aristotélico).

Gazzaniga expone cuatro hallazgos fundamentales que la neurociencia ha logrado desentrañar. Gazzaniga se envanece --como buen científico que es--del mínimo de supuestos que su campo de investigación requiere: apenas se asume que el cerebro es el órgano donde se asienta la mente, y que el cerebro es un órgano determinístico, como todos lodemás órganos (supongo). Es decir: ante los mismos estímulos el cerebro (igual que el hígado, los pulmones, etc.), tenderá a emitir respuestas iguales o parecidas.

Los cuatro hallazgos son:
1. La moral humana tiende a ser universal; es decir, transcultural.
2. Existen muchos juicios morales que, sin embargo, se cree que no están influenciados por categorías universales.
3. Todas las decisiones que resultan en conducta, sin importar su clase, son producidas *antes* de que seamos cosncientes de ellas. Si ante nuestros ojos parece que es nuestra deliberación la que decide, se trata de una ilusión. Incluso si son fruto de influencia social o simple resultado de estructuras mentales internas más o menos prefijadas, el fenómeno incontrovertible es que primero se decide y luego es otra parte de nuestro cerebro (en algún lugar del hemisferio izquierdo) la que genera las explicaciones para la decisión.
4. El cuarto hallazgo es precisamente la existencia de ese "intérprete" dentro de nosotros.

El punto interesante es que, para todos los efectos, la primera teoría --la de Gazzaniga-- podría muy bien implicar la no responsabilidad individual en las decisiones tomadas. Sea porque nuestras decisiones provienen de nuestra educación social, o sea que se originen en procesos evolutivos funcionando detrás de las bambalinas de nuestra mente conciente (en especial en este último caso), la responsabilidad individual se opaca y casi desaparece. ¿Quién tiene la culpa de que sea un padre opresivo, si esa fue la manera en que fui criado y mi único sistema referencial de valores? ¿Yo, o la sociedad en que he nacido? ¿tal vez la evolución, que premió las estructuras patriarcales en la especie humana, y reprimió los comunidades lideradas por matriarcas?

Por supuesto, Gazzaniga aclara que ese no es caso, pero sus argumentos, al menos en este documento de la Templeton Society, suenan débiles y puestos ahí casi por compromiso, por "quedar bien".
"No somos accesorios a nuestra propia actividad cerebral", sentencia. Pero sus hallazgos apuntan precisamente a lo contrario.

Sé que suena raro e inaplicable a nuestra vida cotidiana, pero el campo de la neurociencia está haciendo con la idea de "mente humana" lo mismo que la astrofísica ha venido haciendo con la idea del Dios Creador: está generando la sensación más y más fuerte de que ambos conceptos son ilusiones, meras muletillas temporales que han persistido hasta nuestros días principalmente como explicaciones a fenómenos que no podían tener otras causas en el marco de nuestra antigua ignorancia, pero que, expuestas por los hallazgos de la ciencia positiva, van ahora disolviéndose como las brumas se disuelven ante un potente reflector.

El gran peligro es que estas nociones --Dios Creador, mente humana, moral y responsabilidad personal-- cumplen funciones sociales que sus sucedáneos postmodernos --la astrofísica, la neurociencia-- son incapaces de ejercer.

Un antiguo profesor mío afirmaba que los seres humanos del medioevo eran mucho más sensatos que nosotros: en vez de creer --básicamente por pura fe y confianza-- en el conocimiento de algunos pocos iluminados, se guiaban por sus sentidos. Podían viajar a otros continentes observando las estrellas, y para ello la astronomía ptolemaica era más que suficiente. Y no olvidemos que incluso para los viajes espaciales la vieja física de Newton basta. 

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